viernes, 11 de mayo de 2012

SOY TAN PATRIOTA

Me encanta mi país, amo a mi gente, amo mi paisaje. Me encanta el lugar donde vivo, me encanta mi barrio. Me encanta la gente de mi barrio. Me encanta, somos todos tan parecidos. Me gusta mucho porque el colegio de mis niños me queda al lado. Y es un buen colegio. Es un colegio católico, así que no temo por las malas influencias. Me encanta que sean todos católicos. Me encanta el espíritu católico que hay. Aunque tenga que pagar 300 mil pesos mensuales, los pago porque eso vale la formación católica de mis hijos. Y que tengan amigos como ellos.

No me cuestiono en realidad, que habría dicho Cristo de este sistema, en que sus colegios seleccionan a sus alumnos, por su cuna, padres y billetera. No, porque lo importante es que ellos reciban buenas enseñanzas y aprendan buenos valores. No me importa en realidad si más adelante mis hijos se preocuparán por ser buenos ciudadanos, si tendrán idea de cual es el sueldo mínimo o el precio de la micro, si les dolerá la guata y les dará vergüenza vivir en un país infeliz y desigual. Porque lo importante son los valores que ellos pondrán en práctica: serán buenos amigos, buenos padres, buenos hijos y buenos hermanos. Y eso es lo importante. En realidad lo demás da igual. Da igual que hayan nacido aquí o en la quebrada del ají. Su responsabilidad es con su familia y su círculo cercano. Sí, eso es importante, porque así podrán en el futuro casarse con alguien como uno y formar una familia con valores.

Eso de educación igual para todos, de sistema público me da pavor. Por ningún motivo dejaría que mis hijos fueran a un colegio público, quizás con que niños podrán estar. Y una educación laica, qué horror. ¿Dónde se formarán como buenas personas, quién les dará valores? Dios me libre. Dios me libre que recaiga sobre mí, tener que formarlos en la fe y en los valores. Dios me libre que tengan que enfrentarse a otras formas de pensamiento y diversas posturas, ¡siendo jóvenes, estando en plena formación! Porque ¿cómo los convenceré yo de que nosotros tenemos la razón?¿Cómo lo haré? No, tendré que pensar mucho. Prefiero que ni se hagan preguntas raras y mejor crean y obedezcan sin caldearse mucho la cabeza. Para qué, si no hay tiempo para eso, la vida hay que disfrutarla.

Aaaah, me encanta mi país. La gente es tan amorosa. Me encanta mi barrio, mis niños, mi auto. Me encanta estar rodeada de gente que comparte mis mismos valores. Gente profunda, de misa diaria, que tiene las cosas bien claras. Nunca me iría de Chile, porque en el fondo, soy súper patriota. Aunque me ofrezcan irme a Europa o Nueva York, aquí me quedo. En mi lindo país.

LOS NUEVOS MONSTRUOS DE ORIENTE

Hoy Santiago está lleno de ellos. Se tiran encima tuyo porque saben que llevas la de perder. Ocupan más lugar del que debieran, porque la ciudad no fue hecha para ellos. El que sigue la medida "antigua" y algo proporcionada a nuestros espacios, tiene por culpa de aquéllos que estirar el cuello a más no poder para poder estacionarse y desestacionarse, frenar ante su paso, aceptar incomodidades y estrecheces y, finalmente, a pesar de pataletas y rabietas en una ciudad estresante de por sí, resignarse.

Y no sólo resignarse ante las incomodidades que ellos nos causan, y dicho sea de paso, a la fealdad de la estética tipo norteamericana -lo cual no es un dato objetivo y por ende un argumento difícil de esgrimir, lo sé- sino ante lo irreversible de una tendencia y moda que se impone cual estampida de elefantes.

Me refiero a los enormes jeeps, van y camionetas que ya son una plaga en algunas comunas de Santiago. Muchos seres que quiero manejan estos monstruos. Y pido por favor entonces, que lean esta crítica sin ofenderse e intentando comprender este texto como un desahogo bien intencionado.

Es entendible que la elección de un auto no se basa solo en lo estético y lo cómodo. Y aunque creo ciertamente que en el contexto de nuestra colapsada ciudad los jeeps solo se justifican en el campo, y las van solo como herramienta de trabajo, toda persona tiene derecho a comprar algo que considere seguro para su familia, y donde quepa su familia. Sin embargo, lo que no es razonable es la actitud irrespetuosa de ciertos/as conductores/as de estos tanques; es eso lo que más saca de quicio. Con demasiada frecuencia aquéllos olvidan que sus errores son tremendamente más grandes que los de un auto de tamaño normal. Y que su presencia es de por sí un peligro para el que está por debajo –literalmente- de ella.


Dime como manejas, y te diré quien eres

Santiago es una ciudad que, aun cuando ha mejorado en muchos aspectos y debo decir, en sus comunas tradicionales así como en las más ricas presenta barrios muy lindos y verdes, deja con todo mucho que desear. Siempre he estado de acuerdo con aquellos que dicen que es una ciudad hecha para el automovilista y no para el peatón...efectivamente, Santiago es una ciudad casi siempre difícil de caminar.

Ahora bien, aún cuando se pueda estar de acuerdo en que esta ciudad da prioridad al automovilista, creo que es opinión común que ni aún para ellos es agradable. Los tacos, los hoyos, la señalética mal dispuesta, etc., son algunas de las razones tras esa opinión. El ritmo de nuestra capital es extenuante y el estado de ánimo de los automovilistas es frecuentemente tenso, irritable y agresivo. La convivencia en las pistas es francamente triste.

Alguien podrá mofarse de que hable de "convivencia en las pistas". Pues bien, creo que dada nuestra realidad, el tiempo que pasamos en el auto es un tiempo no despreciable para ser considerado en un análisis de nuestra vida cotidiana, en un análisis que incluya la relación con nuestros conciudadanos. Creo importante este punto sobre todo hoy y para nosotros, por vivir en un tiempo en que el contacto con personas de nuestra ciudad es cada vez más escaso -entiéndase éstas, personas que no formen parte de nuestro círculo particular. (Pienso que en otras épocas las personas de distintos sectores y estratos sociales tenían más contacto, ya fuere como peatón en Santiago Centro haciendo un trámite, ya fuera por motivo de fiestas nacionales u otras ocasiones.)
La forma de vida hoy nos hace inevitable admitir que las relaciones interpersonales han cambiado y un punto importante es nuestra actitud frente al volante para con los otros automovilistas (o transportistas de todo). Es en “las pistas” donde tratamos y hacemos contacto con muchos otros. Es un contexto de rapidez, tránsito y superficialidad, sí. Pero a la vez es un espacio que habla de cómo nos comportamos con los demás, de cómo nos respetamos, de cómo nos consideramos mutuamente.

En este sentido, al estar manejando, se agradecen los gestos de amabilidad, de reconocimiento, de saludos y peticiones. Y en pequeños momentos, también de colaboración, de cooperación entre grandes y chicos. Y es que, aunque sea un instante, es posible el contacto visual con el anónimo que está detrás de esa carcaza que está al lado mío.
Lamentablemente, ese contacto visual no se puede hacer siempre, ni con todos; los monstruos no se dejan mirar, son demasiado altos para quedar en nuestro horizonte. Sin embargo, con un poco de esfuerzo y de conciencia –la patria se hace hasta en las cosas más pequeñas- podríamos convivir y tener recorridos más llanos, alegres y serenos.