Y no sólo resignarse ante las incomodidades que ellos nos causan, y dicho sea de paso, a la fealdad de la estética tipo norteamericana -lo cual no es un dato objetivo y por ende un argumento difícil de esgrimir, lo sé- sino ante lo irreversible de una tendencia y moda que se impone cual estampida de elefantes.
Me refiero a los enormes jeeps, van y camionetas que ya son una plaga en algunas comunas de Santiago. Muchos seres que quiero manejan estos monstruos. Y pido por favor entonces, que lean esta crítica sin ofenderse e intentando comprender este texto como un desahogo bien intencionado.
Es entendible que la elección de un auto no se basa solo en lo estético y lo cómodo. Y aunque creo ciertamente que en el contexto de nuestra colapsada ciudad los jeeps solo se justifican en el campo, y las van solo como herramienta de trabajo, toda persona tiene derecho a comprar algo que considere seguro para su familia, y donde quepa su familia. Sin embargo, lo que no es razonable es la actitud irrespetuosa de ciertos/as conductores/as de estos tanques; es eso lo que más saca de quicio. Con demasiada frecuencia aquéllos olvidan que sus errores son tremendamente más grandes que los de un auto de tamaño normal. Y que su presencia es de por sí un peligro para el que está por debajo –literalmente- de ella.
Dime como manejas, y te diré quien eres
Santiago es una ciudad que, aun cuando ha mejorado en muchos aspectos y debo decir, en sus comunas tradicionales así como en las más ricas presenta barrios muy lindos y verdes, deja con todo mucho que desear. Siempre he estado de acuerdo con aquellos que dicen que es una ciudad hecha para el automovilista y no para el peatón...efectivamente, Santiago es una ciudad casi siempre difícil de caminar.
Ahora bien, aún cuando se pueda estar de acuerdo en que esta ciudad da prioridad al automovilista, creo que es opinión común que ni aún para ellos es agradable. Los tacos, los hoyos, la señalética mal dispuesta, etc., son algunas de las razones tras esa opinión. El ritmo de nuestra capital es extenuante y el estado de ánimo de los automovilistas es frecuentemente tenso, irritable y agresivo. La convivencia en las pistas es francamente triste.
Alguien podrá mofarse de que hable de "convivencia en las pistas". Pues bien, creo que dada nuestra realidad, el tiempo que pasamos en el auto es un tiempo no despreciable para ser considerado en un análisis de nuestra vida cotidiana, en un análisis que incluya la relación con nuestros conciudadanos. Creo importante este punto sobre todo hoy y para nosotros, por vivir en un tiempo en que el contacto con personas de nuestra ciudad es cada vez más escaso -entiéndase éstas, personas que no formen parte de nuestro círculo particular. (Pienso que en otras épocas las personas de distintos sectores y estratos sociales tenían más contacto, ya fuere como peatón en Santiago Centro haciendo un trámite, ya fuera por motivo de fiestas nacionales u otras ocasiones.)
La forma de vida hoy nos hace inevitable admitir que las
relaciones interpersonales han cambiado y un punto importante es nuestra
actitud frente al volante para con los otros automovilistas (o transportistas
de todo). Es en “las pistas” donde tratamos y hacemos contacto con muchos
otros. Es un contexto de rapidez, tránsito y superficialidad, sí. Pero a la vez
es un espacio que habla de cómo nos comportamos con los demás, de cómo nos
respetamos, de cómo nos consideramos mutuamente.
En este sentido, al estar manejando, se agradecen los gestos de amabilidad, de reconocimiento, de saludos y peticiones. Y en pequeños momentos, también de colaboración, de cooperación entre grandes y chicos. Y es que, aunque sea un instante, es posible el contacto visual con el anónimo que está detrás de esa carcaza que está al lado mío.
Lamentablemente, ese contacto visual no se puede hacer
siempre, ni con todos; los monstruos no se dejan mirar, son demasiado altos
para quedar en nuestro horizonte. Sin embargo, con un poco de esfuerzo y de
conciencia –la patria se hace hasta en las cosas más pequeñas- podríamos
convivir y tener recorridos más llanos, alegres y serenos.
En este sentido, al estar manejando, se agradecen los gestos de amabilidad, de reconocimiento, de saludos y peticiones. Y en pequeños momentos, también de colaboración, de cooperación entre grandes y chicos. Y es que, aunque sea un instante, es posible el contacto visual con el anónimo que está detrás de esa carcaza que está al lado mío.
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